Para Neyda quien me enseñó a quitarme la máscara
aún cuando pueda no gustarme lo que se encuentra detrás.
Durante muchísimo tiempo la vida para mi ha sido un grotesco juego de máscaras, un espectáculo sombrío que proyecta en los demás sólo lo que ellos quieren ver. Una combinación triste de personificaciones proteicas de un YO siempre inacabado, siempre en búsqueda de aceptación. No puedo decir a ciencia cierta, cuántos roles he representado, cuántos papeles me he aprendido de memoria para asumir, por instantes, ese yo que es mero reflejo de otro. Saltimbanqui de la vida, titiritero de aciertos y desaciertos, prestidigitador de infortunios, consolador de atropellos, todo en uno, uno en todo el vacío de una existencia vana, superflua que gira al compás del son que le tocan los demás.
Es muy probable que este juego de papeles haya iniciado en mi infancia, la cual transcurrió entre cajones y camiones de mudanza en mi ciudad natal donde vivimos alquilados en varios sectores y cuyo recuerdo son fragmentos borrosos en los que siempre estaba solo o acompañado de adultos (que no es lo mismo pero es igual para un niño de corta edad)
La venida al Oriente originario de mis viejos fue otro trance en el que la vida se diluyó entre casas y cosas ajenas. Una casita de tareas dirigidas en la cual nunca me sentí a gusto, una nueva mudanza, mi reencuentro con el preescolar (ya mi primer contacto lo había tenido donde nací) el sentimiento y la sensación de vacío, de soledad, de eterno rechazo, de no encajar en ninguna parte, fueron mi constante compañía a lo largo de varios años en un pueblo con calles tristes y desoladas que iban a morir a un mar fangoso e igual de triste.
Para poder medio encajar en estas circunstancias, debía aprender los juegos de mis compañeros de colegio, la forma de hablar, su comportamiento, de lo contrario, era excluido, era el niño gordo, forastero y para mas ñapa, consentido de la maestra. Quizá por ello me he inclinado siempre por el desvalido, por las causas perdidas, por aquellos a quienes de alguna manera, son atropellados, puesto que sentí en carne propia el rechazo, la discriminación, la barbarie de la exclusión. Al estar del lado de ellos ya tenía un bando, ya pertenecía a algún grupo, ya era aceptado, aún cuando dicha aceptación viniera de los parias que no quería nadie. Allí era mi lugar, su lucha era mi lucha. (Aunque mi búsqueda de aceptación inconsciente continuó como me hizo ver mi compañera Neyda muchísimo tiempo después)
El seno de mi familia fue todo un caldo de cultivo para esta personalidad sin personas, de pura representación, de identidades suspendidas en el deseo de los demás. Un Padre a retazos, presente solo en el café de la mañana, el noticiero de las 8 pm en la tele, una esporádica cena y un aún más esporádico almuerzo y finalmente, verle por la rendija de la cortina encerrado en su biblioteca durante horas devorando libros y mas libros pero eso sí, con una admiración infinita por él como producto del laborioso trabajo de mi madre: -No hagas bulla, no, tu papá está estudiando- me solía decir. -El es una persona muy inteligente, si, ¿sabes?- era otra de sus sentencias y la más importante de todas: -Cuando seas grande tienes que ser como él-
Como es de suponer, mi mundo comenzó a girar en torno a esa sentencia. Al ser mi papá un ávido lector, aprendí a leer a muy corta edad, a adentrarme en su mundo por medio de sus libros, mi madre se encargó de maquillar la carencia de mi padre, a suplirla con engaños, con esa magia que solo saben hacer las madres cuando tienen que sacar el hogar a flote, a que no se notara para nada la ausencia y menos aún la falta de un gesto de cariño, un abrazo afectuoso o una conversación amena. Mi mamá fue, pensándolo bien, toda un prodigio que se las arregló para duplicarse llenando los muchísimos vacíos de la casa a cuesta de sacrificar, ella también, su propia personalidad, su felicidad y alegría. Poco a poco fue creando un hogar quimérico, existente solo en nuestra imaginación colectiva. En mi casa se idolatraba a mi papá, se le rendía pleitesía por ser un modelo a seguir, a tal escala que muchísimo tiempo después de muerto el viejo, nuestras acciones las llevamos a cabo según sus designios. (De la predilección de mi madre por mi hermano menor hablaré en otro momento)
En ese recorrido por la impersonalidad introyectada que soy nos volvimos a mudar, culminé mi primaria y la secundaria. Recuerdo que se burlaban de mi, ahora no solo por ser gordo sino por un hablar gutural que se quedaba encerrado a la altura de la garganta y que era casi ininteligible. Lo que me llevó a hacer teatro para aprender a proyectar la voz y a brindarme las herramientas para hacerme a mi mismo según la horma de los demás. De mis múltiples lecturas me quedó la palabra precisa para el halago, que los demás escucharan sólo lo que ellos querían oír. Me rodee de “amigos” -El sabe escuchar- -Tiene la palabra oportuna en el momento correcto- Solían decir. Juego de espejos, miradas caleidoscópicas donde solo veían el reflejo de sí mismos proyectado en cada una de mis lisonjas, de mis acciones, de mi “personalidad”
Como es de suponer, me convertí en el centro de atención. ¡Imagínense! pasar de ser nadie, la sombra meridiana de algo poco mas que un objeto, al centro de la tertulia, al foco de la atención de sus compañeros. Me sentí realizado, me sentí feliz y fui aprendiendo no a amarme a mi mismo, como se supone debemos hacer, si no a amar que los demás me amaran.
Como mi papá era profesor de Castellano, yo no podía ser menos, ingresé a la Universidad a estudiar ¡Exacto!, ¡Adivinaron!, La misma Carrera de mi viejo! Al igual que él era necesario me graduara de cierta edad por ello fui abandonando materias que no me gustaban, dejándolas para después, congelando semestres, estudiando una carrera sin carreras. No mal interpreten, por favor, no es que no me gustara ser docente, estudiar Literatura, al contrario, me encanta mi profesión, me apasionan los libros pero mi YO desleído, difuminado, necesitaba ser epígono de mi padre, seguir sus pasos, estar a su sombra.
Poco a poco lo que inició como búsqueda de la aceptación de mi papá terminó siendo la búsqueda de aprobación del mundo que me rodeaba. Sigamos viendo paralelismos y estallidos de vidas prestadas: me gradué ya bastante mayor (20 años después que ingresé a la universidad) fui uno de los 10 mejores promedios, me casé estudiando, tuve 4 hijos sin graduarme, trabajé en diversas áreas: fui artesano contemporáneo en el área del cuero, vendí perros calientes y hamburguesas, trabajé serigrafía y bordados en franelas, fui repostero, vendedor de jugos, tuve una microempresa de sandalias, monte un mini restaurante universitario. Hice teatro, me certifiqué como locutor profesional y tuve un programa de radio de corte romántico y tres educativos, pertenecí a la izquierda, lancé piedras a los Tombos, manifesté en causas perdidas, escribí poesía, cuentos, ensayos, ingresé al Ministerio de Educación en donde fui maestro de primaria así como de deporte, computación y de Castellano y Literatura en media general; me hice delegado sindical y también profesor universitario de pre y pos grado. He estado en constante formación en el área de Socio-política y Educación. Realicé un posgrado en enseñanza del español, una maestría con una Universidad cubana en Supervisión educativa y dos especializaciones, una en educación primaria y otra en dirección y supervisión educativa. He tenido más de 20 amores, incursioné en la política y lo sigo haciendo. He coqueteado con el Brahmanismo, el catolicismo, con los cristianos evangélicos y hasta con la religión Yoruba y los santeros. Como podrán percatarse, he tenido una vida bien agitada de acciones, todas ellas inacabadas en esa eterna búsqueda de un YO enmascarado en los otros, en la aceptación y la complacencia, en colocarme una máscara, una careta con sonrisa fingida y aíre de superioridad para, en el fondo, terminar siendo nada.
Como es de esperarse, los elogios llegaban a montón ¡Qué inteligente!, ¡Cuántas cosas sabe hacer!, serás el orador de orden, Maestro de ceremonias, harás la disertación central, pertenecerás a mi equipo. Pasé de ser del adulador al adulado pero ¿A quién admiraban? ¿A cual YO estaban viendo? ¿Qué máscara representaba mi vacío existencial del momento? Y muy dentro de mí la mas fría y triste soledad sumada a la desazón de no saber a ciencia cierta quien soy en realidad, que quiero, a dónde voy. Mero “Payaso con careta de alegría” como dice una canción popular que, como por mandato divino para que me percate de en quién me he convertido, suena en la radio mientras escribo estas líneas.
Se que he causado mucho daño, he mentido puesto que toda careta es solo una mentira proyectada, he manipulado, he usado para mi propio beneficio a seres que no lo merecían, a personas que se acercaron con amor y cariño, a este monstruo de mil rostros y solo recibieron efluvios de una mascarada más.
Justamente, también la persona que me hizo percatar de toda esta ficción que es mi vida, Neyda Figueras, cree sigo alimentando lo que no soy. ¿Pero sabe alguien, acaso, quien en verdad soy, pues incluso este cuento que no cuenta no termina siendo un escrito que hago porque algo o alguien me lo impone? Llámese ego, deseo de halagos, la petición expresa de alguien que no se veía reflejada en mi pluma, en fin, otra máscara mas o son simples maquinaciones ficcionales de una mente febril que no cesa de trabajar?
“Mucho leer no te hace más inteligente” Creo que mucho pensar quien soy tampoco me dará una identidad. Se que soy hijo, hermano, un irreverente, socialista, de izquierda, maestro, que la lectura y el escribir es un hábito adquirido del cual me enamoré, lo hice mío. Un ser que carece de amor propio y ama que lo amen porque ¿Cómo se puede amar a sí mismo alguien carente de su YO?
Sé también que si alguien llegara a leer esto le pueda causar cierta lástima o pena ajena, -Pobre de él- Dirán algunos, pero no se equivoquen, dicho sentimiento de pesar también puede llegar a alimentar a este monstruo multi-rostros que necesita nutrirse de las emociones que despierta en los demás.
Una vez dicho todo esto, en el declive de mi vida, he de confesar que aún ando tras la búsqueda de mi “Identidad Suspendida” como diría Fernando Yurman. Para transitar esta senda se que tengo muchos perdones que pedir, iniciando por mí mismo, mucho arrepentimiento que vivir, muchas reflexiones que hacer, muchos traumas que superar. Sólo espero no sea demasiado tarde y termine “en un cofre de vulgar hipocresía, ante la gente oculta mi derrota”
¿José Villarroel?
Tunapuicito, 01 de marzo de 2021
Este fue un escrito que publiqué hace un tiempo en un portal de poesía. Con el fin de aglutinar en este espacio todo lo que pueda referente a "mi pueblo", lo anexaré como primera entrada en este blog que nace hoy. Espero les guste. Tunapuicito es un rincón del estado Sucre ¿cómo es? ya les digo: Soy pueblo de verdes tonales y de Rojas nominales enterrado en la monotonía de un instante que no cesa donde vivir duele a fuerza de ser necesario Pueblo elemental naturaleza apacible carácter violento "Punta Brava" Hueco que no valle se hunde en su pasado siempre presente ¡Qué me obliga pueblo a volver siempre a ti? Soy pueblo Yo un rincón apenas ambos un mismo sitio Jose Villaroel

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