Para Neyda quien me enseñó a quitarme la máscara aún cuando pueda no gustarme lo que se encuentra detrás. Durante muchísimo tiempo la vida para mi ha sido un grotesco juego de máscaras, un espectáculo sombrío que proyecta en los demás sólo lo que ellos quieren ver. Una combinación triste de personificaciones proteicas de un YO siempre inacabado, siempre en búsqueda de aceptación. No puedo decir a ciencia cierta, cuántos roles he representado, cuántos papeles me he aprendido de memoria para asumir, por instantes, ese yo que es mero reflejo de otro. Saltimbanqui de la vida, titiritero de aciertos y desaciertos, prestidigitador de infortunios, consolador de atropellos, todo en uno, uno en todo el vacío de una existencia vana, superflua que gira al compás del son que le tocan los demás. Es muy probable que este juego de papeles haya iniciado en mi infancia, la cual transcurrió entre cajones y camiones de mudanza en mi ciudad natal donde vivimos alquilados en varios sectores y cuyo r...