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Mi Experiencia con la literatura

Tal como reza el encabezado de este humilde blog, la razón fundamental de crear este espacio es para homenajear, de alguna forma, la memoria de mi difunto viejo Cheché, hijo ilustre y querido de Tunapuicito. En este escrito que publico a continuación, explico, más o menos cómo era mi relación con mi viejo. Espero les guste.

MI EXPERIENCIA CON LA LITERATURA
José Villarroel
Cumaná marzo de 2006

A mi madre le debo, entre muchísimas otras cosas, mis primeros contactos con la literatura. A pesar de ser hijo de un profesor de Castellano y Literatura egresado del Instituto Pedagógico de Caracas, mis primeros textos: cuentos, comiquitas, libros de enseñanza primaria, es decir, el mundo de las letras, me fue presentado por esa señora alta, morena, de seño fruncido y mirada melancólica que se dedicaba por completo a la crianza de sus dos hijos y a mantener el hogar a flote.
Todavía recuerdo como, entre olores y utensilios propios de cocina (que eran, como ella dice, “su espacio”) se sentaba en la mesita de cuatro sillas y se armaba de una paciencia infinita para enseñarme, Silabario Venezolano en mano, ese desconocido, pero fascinante mundo de las letras. Resuenan en mis oídos las frases que siempre acompañaban sus lecciones: “- Cheito, si no aprendes a leer no vas a ser como tú papá, no. ni podrás entrar en su biblioteca”-. Me decía con su acento cantarín propio de las tierras de las costas de Paria, en el oriente venezolano, dónde nació y a la que, por “casualidades del destino” volvimos después de una estadía más o menos larga en la Capital de la República (larga para ellos, claro, puesto que yo nací en Caracas y nos mudamos cuando tenía cinco años y mi hermanito estaba recién nacido)
Lo que ella no sabía era que con este pequeño sermón que me daba cada vez que se me olvidaba como se pronunciaba la a seguida de la l o que la c con a se pronuncia /ka/ pero que con la e se pronuncia /se/, estaba no sólo formando en mi las herramientas necesarias para poder desentrañar ese código “secreto” que propiciaba la utilización de la lengua escrita, sino que, además, me estaba brindando una fórmula de cómo aproximarme a un señor que salía muy tempranito, en la mañana, a un liceo y que llegaba en la noche a cenar, ver el noticiero del canal del Estado (en aquel entonces era el único canal en el aire por aquellos mundos de Dios) y sobre todo, a encerrarse en su biblioteca a leer horas y horas hasta que llegaba el momento de acostarse.
Mi vieja sembró en mi una gran admiración: admiraba a mi papá, porque era una persona muy inteligente, según mi mamá (casi como si no fueSE de este mundo) y por lo tanto, yo tenía que tratar, de algún modo, de estar a la par de él para poder acercármele y la única forma posible que yo concebía, era por medio de los libros que tanto le fascinaban.
Por ello fue que, años después de haber aprendido a leer bien y devorarme todos los “Condoritos”, “Fuegos” y “Memines” que se me cruzaban, quise adentrarme en los libros que él leía. La cosa empezó más o menos así: una vez, papá le comentó a mi viejita que un grupo de representantes se había quejado ante la dirección del plantel, porque mandaba a leer Cien Años de Soledad, de Gabriel García Márquez y ellos consideraban que esa era una obra que atentaba contra la moral y las buenas costumbres por ser muy vulgar, grosera y promover amores incestuosos. Él les alegó que esa era una novela de los nuevos tiempos, que rompía con los viejos patrones de la literatura tradicional y una obra que realzaba el valor del hombre latinoamericano (aún la novela no ganaba el premio Nobel). Total, que las personas que se quejaron no pudieron refutar los argumentos del viejo (para aquel entonces no lo era tanto). Eso me dio una idea de qué empezar a leer.
Como es lógico suponer, de esa primera lectura no me quedó casi nada, tan solo que había un hombre que tenía un pene grandísimo y que lo exponía frente a un mostrador. Pero lo cierto de la cosa es que le entré a la literatura por el lado divertido, ya que comprendí que eso no era un fastidio y que había historias tan buenas en los cuentos y novelas como en las películas de chinos que no me perdía los domingos en el matinée. (Es por eso, que mi relación con el Gabo es más o menos romántica: he leído casi todo lo que ha publicado).
De allí pasé a Antonio Arráiz y su Tío Tigre y Tío Conejo, La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada, también del Gabo. A los Cuentos de la Selva y Cuentos de amor de locura y de muerte de Horacio Quiroga. En fin, empecé a leer casi todo lo que me caía en las manos. Papá, por su parte, comenzó a dejarme entrar en su biblioteca y a utilizar sus libros, cosa que me emocionó mucho por que al fin podía formar parte de su mundo.
El problema fue que, a medida que fui creciendo y quise mantenerme en el mundo de papá, debía leer, no sólo para entretenerme, si no que debía analizar lo leído. Si me acercaba al viejo y le hacía un comentario de alguna obra que yo estuviera leyendo y él consideraba que era acertada mi opinión, comenzaba una amena discusión sobre el tema, pero si, por el contrario, pensaba que lo que le decía no estaba a la altura, hasta allí llegaba la conversación y si me llegaba a decir algo era. -“Vuelve a leer y después que tengas claro lo que quieres vienes para acá”-. Una vez recuerdo que le fui a decir “gravedad” y dije “gravidez” y mi hermano, que estaba cerca, preguntó si eso era lo mismo, a lo que el contestó: “-para éste que necesita estar preñado de ideas para ver si pare algo productivo, si”-.
La cosa fue que en esta extraña relación se fue reforzando en mí ese amor a la literatura que cada día crece más y más.
En los últimos días que el viejo vivió, estaba antojado en leer Memorias de mis Putas Tristes, porque – “el güevón ese ha reinventado su escritura escribiéndose así mismo” – Después de discutirlo con mi hermano, decidimos no comprárselo porque la historia de un viejo de noventa años que se descubre más vivo que nunca al encontrar el amor, iba a destrozar a uno de sesentaicinco que se estaba muriendo víctima de un cáncer de páncreas. Así que, como pudimos, lo mareamos para no comprarle el bendito libro.
Poco tiempo después de muerto el viejo, a mi hermano y a mí nos toca viajar hasta la capital de la república, para hacer un papeleo ante el Ministerio de Educación. Mi sorpresa fue inmensa (y aún hoy me saca mis lágrimas, lo confieso) cuando mi hermano va rapidito ante un buhonero vendedor de libros, mientras yo hacía la cola frente el edificio, y luego viene con los ojos aguados y me dice –“toma manito querido, papá, por que el viejo vive en ti a través de tu amor a la literatura y ya que él no pudo leer al güevón ese que llegue hasta él la obra, en la medida en que tú lo hagas" - Nos abrazamos fuerte y un nudo en la garganta me impidió poder pronunciar palabra alguna, así como hoy, cuando escribo esto: Ante mí, estaba la última de las novelas del Gabo, la que nunca papá iba a leer.

Comentarios

  1. MANITO TU ERES EL MAS LINDO RECUERDO QUE TENGO DE PAPÁ, CUANDO TE EXPRESAS LOS ESCUCHO, CUANDO TE VEO LO MIRO A ÉL, EREDASTE SU CARACTER LITERARIO Y SU SABIDURÍA. TE QUEIERO MUCHO.

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